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Recientemente ha estado en la discusión el rol de la escuela: qué es, su propósito, su sentido.
En un sentido amplio, podemos pensarla como una institución de enseñanza e instrucción para distintos grupos etarios. Sin embargo, existen diferencias entre referirse a la institución, al proceso educativo o a la enseñanza que se imparte.
En este caso, me refiero a la institución que brinda un servicio —público o privado— de enseñanza-aprendizaje. En nuestro país, la educación formal es responsabilidad del Estado, a través de la Secretaría correspondiente.
Pero ¿es solamente eso? Paulo Freire, en un poema que se le atribuye y que circula ampliamente en redes, también concibe la escuela como un lugar para hacer amigos; un espacio que va más allá de edificios, salones, programas y horarios. Un sitio donde coinciden personas con el interés de aprender, conocerse y forjar vínculos, además de estudiar y trabajar.
En los contextos actuales, marcados por distintas formas de violencia, el concepto de “lugar seguro” ha cobrado relevancia. El diccionario Oxford lo define como aquel “lugar o entorno en el que una persona o un grupo de personas pueden tener la seguridad de que no estarán expuestas a discriminación, críticas, acoso o cualquier otro daño emocional o físico”.
Por ello, no es posible entender la escuela únicamente como el lugar al que acuden estudiantes, atendidos por docentes que interactúan sobre contenidos dentro de un aula y luego se retiran. En las escuelas necesariamente se construyen relaciones, se generan vínculos, se fomenta la colaboración y el trabajo colectivo, y se busca crear comunidad, esa que distingue a cada espacio educativo.
Además de la normatividad general que regula los distintos centros educativos, niveles y modalidades, existen marcos legales orientados a proteger los derechos de las y los estudiantes, del personal docente y de quienes realizan labores de apoyo.
Es innegable el valor social de las escuelas, no sólo en lo relacionado estrictamente con el proceso de enseñanza-aprendizaje o el cumplimiento de un plan de estudios, sino también por el tiempo que las y los estudiantes pasan en ellas. Esto cobra aún mayor relevancia si se consideran variables como la edad, las jornadas laborales de madres y padres, así como la presencia o ausencia de redes de apoyo.
De ahí la importancia de que las escuelas sean, de manera intencional, espacios seguros; lugares donde niñas, niños y jóvenes puedan permanecer sin correr peligro, no desde una lógica de resguardo asistencial, sino mientras desarrollan las actividades pedagógicas diseñadas para alcanzar los objetivos educativos
En mi vida académica se ha hecho realidad aquello que señala Freire: mis amistades más significativas se han gestado en los distintos centros educativos —y en sus entornos— a los que he asistido.
Hacer de las escuelas lugares seguros es responsabilidad de todas y todos; una tarea colectiva, con distintas implicaciones, pero compartida.