La gobernadora electa Indira Vizcaíno ha empezado a acomodar o perfilar a los actores clave con los que va a gobernar a partir del próximo primero de noviembre. Está bien que así lo haga, pues los retos que enfrentará son grandes y no podrá dedicar la mitad de su gestión a echarle la culpa a los yerros cometidos por el gobierno de Nacho Peralta.

Sólo que hay un detalle importante: si ha afirmado que su gobierno es diferente (como al día de hoy no podemos más que creerlo), entonces hay que empezar a acostumbrarnos a que el poder político (su poder político) no estará por encima de la ley. La ley está por encima del poder político, eso es lo que distingue a los regímenes republicanos de las autocracias.

Sin embargo, además de las señales un poco desconsoladoras que envía su evidente intervencionismo en la conformación del Congreso local y en la planeación de un gobierno de ya no más de diecisiete secretarias sino de diez (sin la consulta previa que había prometido para tomar esta resolución), también tenemos recientemente el caso del relevo del actual fiscal Gabriel Verduzco por el de una terna que ha empezado a circular en los diferentes medios de comunicación.

La salida de fiscal, más relacionada obviamente con el intervencionismo de la gobernadora electa que con una bien merecida jubilación, es un caso emblemático de cómo el poder político (el poder autoritario, digámoslo así) está por encima del poder de la Ley, pues la Fiscalía es un organismo autónomo regido por su propia Ley Orgánica y había establecido claramente por ley que el fiscal estaría en el cargo todavía por seis años, para luego pasar a realizarse su relevo en los propios términos marcados por la legislación correspondiente.

Para el caso del fiscal actual, tal parece que esto no será así, pese a que el actual fiscal no cumpla con ninguna de las causas señaladas por la Ley Orgánica de la Fiscalía para realizar su remoción.  Si bien hemos normalizado que sucedan este tipo de atropellos en contra de la ley, no podemos dejar de asombrarnos que la gobernadora electa se haya dejado seducir por usos y costumbres muy propios de todo eso que se le ha criticado al sistema político priista e incluso pianista que derrotó: la arbitrariedad por encima del respeto a las instituciones.

Si este campaña negra que se ha orquestado en contra del actual fiscal para removerlo se convertirá en un personal estilo de gobernar, entonces todos los organismos autónomos deberán empezar a tomar sus providencias porque se atisban tiempos nada halagüeños para el futuro próximo.

Si bien la Fiscalía se ha enfrentado a una complejidad considerable en cuanto al tema de la violencia en Colima, y el fiscal ha hecho todo lo posible por contenerla (en no pocos casos dando golpes importantes aunque poco reconocidos), las razones del intervencionismo de la gobernadora electa no se justifican y, por tanto, llaman a preocupación.

La gobernadora electa puede armar y desarmar su gabinete, montar y desmontar sus planes para nuestra entidad, equivocarse y pedir disculpas, acertar y celebrarlo, pero lo que no puede es pasar por encima de los organismos autónomos porque con eso no sólo se está demostrando que se atropella la ley sino también que se pisotean los principios éticos que la sostienen, y que nos sostienen a nosotros mismos.

El Estado no es una persona y, por tanto, no es de nuestra propiedad y no lo podemos usar a nuestra conveniencia, como hacemos con nuestro coche o casa, por eso nada más es importante que no se pierdan de vista este tipo de desplantes porque son los que, como he dicho, determinarán la impronta del próximo gobierno y y las consecuencias que se tendrán para el porvenir colimense.

El argumento de que yo hago las cosas bien y todos los demás no, y por eso tienen que hacerse a mi modo, ha ocasionado daños catastróficos en muchas sociedades del presente y del pasado, de manera que hay que señalar cualquier indicio de despotismo en la forma de gobernar puesto que las consecuencias del mismo son más graves de lo que a simple vista parece.

Esperemos, pues, que la gobernadora electa no pierda esa sensibilidad con la que ha prometido gobernar y no deje de darse cuenta que a veces tomamos resoluciones que, sin darnos cuenta, van en detrimento de todo aquello que en su momento nos había indignado.

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